martes, 30 de noviembre de 2010

Dejo los brazos caer,

Aflojo el cuello hacia los lados

Recompongo mis costillas adoloridas

Me quito de un tirón los lentes

¿Por qué estoy tan cansada?

Me siento tranquila con mi taza

Bebo a sorbos lentos

Pero aun así se quema mi lengua exhausta

Y me desdibujo en esta permanente sensación de apatía

Los ojos sin desmaquillar me arden

Tengo venitas asomadas

Me afloja la piel de alrededor en pequeñas

Patitas de gallo

Dolor punzante en una pierna

¿El dolor de hacer nada?

Esa sensación que se extiende crepitante…

¿Será que estoy tan cansada?

Y es que la abulia me condena

A permanecer en este estado

Sentada,con achaques invisibles

Con esta sensación de soledad en el pecho

Con los músculos fláccidos

La piel marchita y contaminada

Las mejillas que arden con desespero

Esta sensación de lucha contra el medio

Este nerviosismo que se apodera de mi abdomen

Este inadaptación,este cansancio.

martes, 16 de noviembre de 2010

Cuestión de fortuna.

A mi querido Unión Pichiguao. Aún con todo.

Fuerte y a la sin rumbo le pegó Pablera en instantes en que la pelota quemaba en nuestra área. El rechazo fue largo, largo y alto, por cierto. En la galería todos pudimos respirar tras la patada de nuestro defensa central que, a decir verdad, nunca fue muy ducho con la pelota en los pies. Lo suyo era rechazar, defender a como diera lugar y en eso podía dejar la vida. En el fondo era una fiera.

Aquella tarde estábamos disputando, tras muchos años de espera, la final del campeonato comunal de fútbol. Todo se definía en un partido de primera serie y como club habíamos dispuesto lo mejor de lo nuestro. Y digo de lo nuestro porque no aceptamos, por fin, ningún refuerzo ajeno a nuestra comunidad. Y allí estábamos, enfrentando en el estadio comunal de Requínoa a San José de Chumaco, el flamante bicampeón de las últimas temporadas y lo hacíamos dignamente. Corría el minuto 26 del segundo tiempo y el cero a cero tenía a todo el mundo expectante, ansioso, temeroso, por qué no, y sufriendo. El rival era un equipo experimentado, una maquinita que no necesitaba ajustes ni instrucciones. Nosotros éramos puro corazón. A lo sumo afloraba una genialidad del Chinito, nuestro escuálido creador. Un diez de la vieja escuela, ese flaquito que todo lo que le faltaba en cazuelas lo derrochaba en una zurda echa a mano, un talento de otro mundo -había comentado alguna vez el Viejo e` la Pera, otrora viejo crack de nuestro club-. O de pronto un arranque de Lipito, la otra joya del equipo, un rubio ensimismado que podía correr 200 metros y sacar un remate de miedo sin ningún problema. La cuestión era pasarle la pelota a nuestras galletas y lamentablemente los ocho restantes sólo le pegaban hacia el frente, cuando le pegaban. Me refiero a los ocho restantes porque el arquero es otra cosa. Y el nuestro con mayor razón. Sacatini, el mejor arquero que se ha visto en años en la comuna. Un gato, para no ahondar en explicaciones inútiles, pero había que pillarlo bueno y eso era casi imposible. Ese sábado anterior al partido lo llevó a dormir a su casa Carlos Patricio, el hincha número uno de Unión Pichiguao, jugador de toda una vida, regular, hay que decirlo, e hincha furibundo. El problema es que como tal era un caso. El típico individuo que engendra amor y odio con el mismo talento, pero bueno. Nos habíamos acostumbrado a su persona, aunque sin olvidar los castigos que como institución recibimos porque él insultaba a cuanta autoridad hubiese en las canchas. Lo mismo le daba fuesen árbitros, dirigentes de clubes o el mismo alcalde. El fútbol lo transformaba. Ahora que lo pienso quizá quiso resarcirse llevándose a Sacatini a dormir a su casa el sábado por la noche, como los profesionales, casi, y lo presentó el domingo cien por ciento. Y valió la pena porque el empate estaba pasando por sus manos y por esa patada loca que le dio Pablera a la pelota cuando rondaba nuestro arco. Y allá iba la pelota. Bien fuerte y bien alta, pero curiosamente llevaba destino, era una jugada fea, pero qué importaba. Todos seguimos atentos su trayectoria hasta lo que pensábamos serían los pies del Chinito que daría un pase, qué digo pase, un poema de pase a Lipito o a Gallina, nuestro centrodelantero que, aunque nació ofsail, a veces le achuntaba.

Ni chinito ni mucho menos. El que aguardaba el pase con una ansiedad inexplicable era Pereira, un zurdo entrado en años que tuvo sus tiempos de gloria como puntero clásico, con un enganche mortal, que lo avalaba para vestirse de corto todavía. Y allí estaba, mirando atento cómo caía la pelota hasta el lugar en que se hallaba. Se movía en el puesto, pestañaba a mil por hora, sudaba incontrolablemente, mientras se perfilaba para agarrarla de aire con aquella zurda que, cuando entraba de lleno, era un látigo, como relató Mister te aquella vez que rompió un arco en la cancha de Totihue. Echó la pierna hacia atrás y en la galería todos nos agarramos la cabeza como no queriendo creer lo que se venía. El cero a cero podía romperse y con ello nuestras gargantas, nuestra desesperación al borde de la cancha, todo!.

Antes del remate Carlos Patricio alcanzó a gritarle algo que Pereira, obviamente, no iba a oír. Él sólo pensaba y quería rematar ese pase, esa pelota que le caía como enviada por la mano del mismo dios y despedirse del fútbol como el jugador que le otorgara un título a Pichiguao después de tantos años. El remate fue seco, razante y a una velocidad que para quienes mirábamos, atónitos, fue eterna, pero para quienes completaban el cuadro dentro de la cancha fue un rayo. Durante el trayecto en cuestión nos tapamos los ojos en ánimo de no ver lo que sucedería hasta tener certeza de ello y Carlos Patricio aleteaba, gritaba, insultaba con un desespero que nunca le vimos antes. Pereira aún no habría los ojos tras rematar y todo fue silencio. Un observar en silencio. Jugadores y barristas. Todos, salvo nuestro hincha del amor y el odio.

Sacatini se estiró cuanto pudo y yo creo, sinceramente, que un poco más, pero no fue suficiente. La pelota entró pegada al palo izquierdo de éste y se acabó todo. Carlitos Patricio se había infartado en el acto y yacía tirado a orillas de la cancha.

El partido terminó con tal marcador y aquel es el acontecimiento más triste del que tengamos recuerdo como institución. Lo lloramos todos.


Insulobaratario.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Érase una vez una niña que vivía en un mundo donde ni príncipes azules ni cuentos de hadas existían. Aún así, ella desoyó la creencia general y decidió creer. Conoció,palpó, se enamoró y entregó la ingenuidad a algo que no era un príncipe,pero de lo que estaba segura era un sapo encantado.
Pasados unos tiempos amargos,la niña hubo de separarse de su amado sapo; antes de eso, quedó sellada una promesa de reencuentro.
Tras abandonar el país de la fantasía,la nuestra princesita lloró todas las noches y con sus lagrimitas regó el amor que sentía por la rana. El tiempo seguía deslizándose,más bien,corriendo, y al borde del colapso nervioso, la niña decidió sacrificar aún más su integridad y obtener un pasaje de retorno al País de la Fantasía. Las alas del inocente amor le ayudaron y la oportunidad se materializó en esos capullos que eran sus manos. Lo que nunca pudo concretarse fue el anhelado reencuentro. La rana decidió seguir actuando como de costumbre,para si, visitó a sus amigos en el período en que la princesita realizó su travesía.
La princesa, sentada con una resignada serenidad, mira sus zapatitos de cristal y deja atrás la maletita de recuerdos y frases apasionadas destinadas a envolver a su amado sapo; no está enojada,piensa,mientras hojea un folleto de viaje; sabe que el desconsiderado sapo la adora en quincuagésimo lugar,justo detrás de su prima en quinto grado y que,además, es un ser magnánimo que le perdonará su berrinche.La culpa recae sobre su frágil caparazón de tul, desde que por primera vez trató al sapo todo fue de esta manera. Aún así,algo se revuelve en sus entrañas, una sensación lenta le pincha el corazón, se desparrama por su piel delicada,un gritito agudo enrigidece sus pestañas:está dolida.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Ventana al mar.


Allá,

Al fondo de la calle principal

De ese antiguo pueblo del interior

Hay una ventana que da hacia el mar.


A veces la dejan entreabierta

Y se cuela el viento salado

que aviva el sauce

De cuyas ramas se columpia la niña

Que jamás nadie invita a bailar.


Casi todas sus habitantes

Van temprano los domingos

En busca de la palabra

Mientras sus hombres las esperan

Bebiendo, devotos,

La sangre de cristo.


De cuando en cuando,

Cansado y abatido,

Pasa el tiempo hasta el fondo

De esa calle principal

Y se asoma con actitud

De espera.


Hay que ver a ese pueblo antiguo

Con una ventana al mar

Al fondo de su calle principal

Para entender que el tiempo

Y su gente

Son pedazos de olvido

Regados allá, en el interior.


Un día nadie pudo cerrar la ventana

Por la que entraba el viento salobre

A desordenar el pueblo.

Nadie pudo cerrarle la ventana al tiempo

Que esperaba paciente y cansado.

Un día nadie pudo cerrar la ventana

Por la que la niña olvidada

Se marchó del pueblo.


Allá, al fondo de la calle principal

De ese pueblo del interior

Hay una ventana abierta hacia el mar.

Por allí se asoman las ramas de un sauce

Queriendo recuperar olvidos.


insulobaratario.

viernes, 5 de noviembre de 2010

y para entusiasmarse...

Tarde en El Hospital


Sobre el campo el agua mustia
cae fina, grácil, leve;
con el agua cae angustia:
llueve

Y pues solo en amplia pieza,
yazgo en cama, yazgo enfermo,
para espantar la tristeza,
duermo.

Pero el agua ha lloriqueado
junto a mí, cansada, leve;
despierto sobresaltado:
llueve

Entonces, muerto de angustia
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso.



Carlos Pezoa Véliz.

escribir, palabrear, jugar, porque...

"...no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos o malos versos, sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos."

Heidegger / Tellier