A mi querido Unión Pichiguao. Aún con todo.
Fuerte y a la sin rumbo le pegó Pablera en instantes en que la pelota quemaba en nuestra área. El rechazo fue largo, largo y alto, por cierto. En la galería todos pudimos respirar tras la patada de nuestro defensa central que, a decir verdad, nunca fue muy ducho con la pelota en los pies. Lo suyo era rechazar, defender a como diera lugar y en eso podía dejar la vida. En el fondo era una fiera.
Aquella tarde estábamos disputando, tras muchos años de espera, la final del campeonato comunal de fútbol. Todo se definía en un partido de primera serie y como club habíamos dispuesto lo mejor de lo nuestro. Y digo de lo nuestro porque no aceptamos, por fin, ningún refuerzo ajeno a nuestra comunidad. Y allí estábamos, enfrentando en el estadio comunal de Requínoa a San José de Chumaco, el flamante bicampeón de las últimas temporadas y lo hacíamos dignamente. Corría el minuto 26 del segundo tiempo y el cero a cero tenía a todo el mundo expectante, ansioso, temeroso, por qué no, y sufriendo. El rival era un equipo experimentado, una maquinita que no necesitaba ajustes ni instrucciones. Nosotros éramos puro corazón. A lo sumo afloraba una genialidad del Chinito, nuestro escuálido creador. Un diez de la vieja escuela, ese flaquito que todo lo que le faltaba en cazuelas lo derrochaba en una zurda echa a mano, un talento de otro mundo -había comentado alguna vez el Viejo e` la Pera, otrora viejo crack de nuestro club-. O de pronto un arranque de Lipito, la otra joya del equipo, un rubio ensimismado que podía correr 200 metros y sacar un remate de miedo sin ningún problema. La cuestión era pasarle la pelota a nuestras galletas y lamentablemente los ocho restantes sólo le pegaban hacia el frente, cuando le pegaban. Me refiero a los ocho restantes porque el arquero es otra cosa. Y el nuestro con mayor razón. Sacatini, el mejor arquero que se ha visto en años en la comuna. Un gato, para no ahondar en explicaciones inútiles, pero había que pillarlo bueno y eso era casi imposible. Ese sábado anterior al partido lo llevó a dormir a su casa Carlos Patricio, el hincha número uno de Unión Pichiguao, jugador de toda una vida, regular, hay que decirlo, e hincha furibundo. El problema es que como tal era un caso. El típico individuo que engendra amor y odio con el mismo talento, pero bueno. Nos habíamos acostumbrado a su persona, aunque sin olvidar los castigos que como institución recibimos porque él insultaba a cuanta autoridad hubiese en las canchas. Lo mismo le daba fuesen árbitros, dirigentes de clubes o el mismo alcalde. El fútbol lo transformaba. Ahora que lo pienso quizá quiso resarcirse llevándose a Sacatini a dormir a su casa el sábado por la noche, como los profesionales, casi, y lo presentó el domingo cien por ciento. Y valió la pena porque el empate estaba pasando por sus manos y por esa patada loca que le dio Pablera a la pelota cuando rondaba nuestro arco. Y allá iba la pelota. Bien fuerte y bien alta, pero curiosamente llevaba destino, era una jugada fea, pero qué importaba. Todos seguimos atentos su trayectoria hasta lo que pensábamos serían los pies del Chinito que daría un pase, qué digo pase, un poema de pase a Lipito o a Gallina, nuestro centrodelantero que, aunque nació ofsail, a veces le achuntaba.
Ni chinito ni mucho menos. El que aguardaba el pase con una ansiedad inexplicable era Pereira, un zurdo entrado en años que tuvo sus tiempos de gloria como puntero clásico, con un enganche mortal, que lo avalaba para vestirse de corto todavía. Y allí estaba, mirando atento cómo caía la pelota hasta el lugar en que se hallaba. Se movía en el puesto, pestañaba a mil por hora, sudaba incontrolablemente, mientras se perfilaba para agarrarla de aire con aquella zurda que, cuando entraba de lleno, era un látigo, como relató Mister te aquella vez que rompió un arco en la cancha de Totihue. Echó la pierna hacia atrás y en la galería todos nos agarramos la cabeza como no queriendo creer lo que se venía. El cero a cero podía romperse y con ello nuestras gargantas, nuestra desesperación al borde de la cancha, todo!.
Antes del remate Carlos Patricio alcanzó a gritarle algo que Pereira, obviamente, no iba a oír. Él sólo pensaba y quería rematar ese pase, esa pelota que le caía como enviada por la mano del mismo dios y despedirse del fútbol como el jugador que le otorgara un título a Pichiguao después de tantos años. El remate fue seco, razante y a una velocidad que para quienes mirábamos, atónitos, fue eterna, pero para quienes completaban el cuadro dentro de la cancha fue un rayo. Durante el trayecto en cuestión nos tapamos los ojos en ánimo de no ver lo que sucedería hasta tener certeza de ello y Carlos Patricio aleteaba, gritaba, insultaba con un desespero que nunca le vimos antes. Pereira aún no habría los ojos tras rematar y todo fue silencio. Un observar en silencio. Jugadores y barristas. Todos, salvo nuestro hincha del amor y el odio.
Sacatini se estiró cuanto pudo y yo creo, sinceramente, que un poco más, pero no fue suficiente. La pelota entró pegada al palo izquierdo de éste y se acabó todo. Carlitos Patricio se había infartado en el acto y yacía tirado a orillas de la cancha.
El partido terminó con tal marcador y aquel es el acontecimiento más triste del que tengamos recuerdo como institución. Lo lloramos todos.
Insulobaratario.
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