viernes, 12 de noviembre de 2010

Érase una vez una niña que vivía en un mundo donde ni príncipes azules ni cuentos de hadas existían. Aún así, ella desoyó la creencia general y decidió creer. Conoció,palpó, se enamoró y entregó la ingenuidad a algo que no era un príncipe,pero de lo que estaba segura era un sapo encantado.
Pasados unos tiempos amargos,la niña hubo de separarse de su amado sapo; antes de eso, quedó sellada una promesa de reencuentro.
Tras abandonar el país de la fantasía,la nuestra princesita lloró todas las noches y con sus lagrimitas regó el amor que sentía por la rana. El tiempo seguía deslizándose,más bien,corriendo, y al borde del colapso nervioso, la niña decidió sacrificar aún más su integridad y obtener un pasaje de retorno al País de la Fantasía. Las alas del inocente amor le ayudaron y la oportunidad se materializó en esos capullos que eran sus manos. Lo que nunca pudo concretarse fue el anhelado reencuentro. La rana decidió seguir actuando como de costumbre,para si, visitó a sus amigos en el período en que la princesita realizó su travesía.
La princesa, sentada con una resignada serenidad, mira sus zapatitos de cristal y deja atrás la maletita de recuerdos y frases apasionadas destinadas a envolver a su amado sapo; no está enojada,piensa,mientras hojea un folleto de viaje; sabe que el desconsiderado sapo la adora en quincuagésimo lugar,justo detrás de su prima en quinto grado y que,además, es un ser magnánimo que le perdonará su berrinche.La culpa recae sobre su frágil caparazón de tul, desde que por primera vez trató al sapo todo fue de esta manera. Aún así,algo se revuelve en sus entrañas, una sensación lenta le pincha el corazón, se desparrama por su piel delicada,un gritito agudo enrigidece sus pestañas:está dolida.

1 comentario:

  1. me gusta la sutileza. me gusta la fragilidad con la que el relato vela el sufrimiento, el dolor, casi. la verdad.

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